Meses después de contratar a Julián Álvarez para su Manchester City, Pep Guardiola valoraba el fichaje del Araña por su capacidad para “oler el gol” enfatizando que “el gol vale dinero” para justificar aquella inversión. Y sí: el catalán tuvo -y tiene- razón. El gol vale mucho dinero. Todavía más cuando se trata de un recurso escaso. River lo está comprobando: pasadas tres fechas del campeonato, el equipo (que no funciona todavía cómo tal) no ha convertido ninguno. De hecho es el único equipo de la LPF que sigue seco en la liga -sí convirtió por Copa Argentina en su eliminación ante Aldosivi. Y esa tendencia preocupa porque repercute en los resultados, y también en la carrera por los objetivos de máxima y mínima para el 2026.
Cómo revertir esa problemática es la cuestión que debe abordar Eduardo Coudet con urgencia. En un silencio laboral interno que quiere trasladar a gritos luego de una inversión importante en el mercado que no ha sido fructífera en el arco rival: a los u$s 2,5 millones por Rafa Borré -gritó ante los marplatenses- y al combo de u$s 7,2M por Lucas Beltrán (u$s 500 mil de cargo de préstamo más otros 6,7 millones de obligación de compra) se sumaron los u$s 15 millones en todo concepto por Ángel Correa -debutó ante Gimnasia; puede reaparecer ante Tigre tras un traumatismo- y los u$s 6M por Tobías Andrada, disponible para estrenarse en Victoria.
Esa nueva estructura de ataque de River, a la que puede sumarse Thiago Almada, es la que Coudet tratará de calibrar para que el gol aparezca: los u$s 50 millones previstos a desembolsar para reforzar esa zona (considerando los 20 millones de euros por el campeón del mundo del Atlético Madrid) deben servir para corregir un déficit que se ha profundizado con la baja por lesión de Sebastián Driussi -se desgarró en la previa del partido de Copa Argentina- y el bajón de Facundo Colidio. Ahí estará el primer desafío de esa nueva combinación ofensiva que River está intentando conformar para pasar la página de este arranque de semestre desafortunado por resultados deportivos -y también por decisiones internas, como el affaire con los borrados, que no tuvieron el efecto esperado.
Créditos: TyC Sports.
La sinergia que no aparece, por lo pronto, está teniendo su correlato en el rendimiento en ataque de un River que se muestra más previsible e inofensivo que en el Apertura, cuando aun sin los mejores rendimientos sí lograba resultados y marcaba goles: acabó el torneo pasado como subcampeón siendo el segundo equipo con más goles después de Independiente Rivadavia. Ahora la performance sigue sin ser la ideal, pero todo parece costar más. Y no en términos económicos.
Los primeros cuatro partidos de este Clausura por lo pronto han expuesto un dato: River tiene más la pelota, pero no remata más. Su posesión saltó del 64,8% del Apertura pasado al 73,3% actual, mientras que la producción se mantuvo congelada en 16,8 tiros por encuentro. El equipo tiende a monopolizar el juego aunque no traduce esa posesión en ataques efectivos: pasó de acertar el 33,4% de sus remates al arco en el campeonato anterior a hacerlo en apenas el 26,9%.
Además, bajó el nivel de acierto: pasó de promediar 5,6 a 4,5 disparos al arco por partido (cerca de un 20%). De hecho, si se mantuviera esta tendencia durante 20 fechas, River terminaría con 90 tiros al arco en el campeonato, 22 menos que en el torneo anterior. El promedio de 555 pases y 7,5 córners confirma que River juega lejos de su arco y consigue instalarse en campo rival; sin embargo, convierte menos posesiones en disparos.
Para eso es que River ha reestructurado su ataque: Almada es un revulsivo que de concretarse como refuerzo aportará capacidad para el uno contra uno y remate, Correa se crió como enganche pero se lució como terminador de jugadas ( 15 goles en 27 partidos; dio cuatro asistencias en Tigres de México en su último antecedente deportivo), Andrada tiene vértigo y también llegada -marcó tres goles (más una asistencia) en 36 presentaciones con Vélez- y a eso se suma la voracidad de Borré y Beltrán. Todos protagonistas de un desembarco masivo que es previsible que no funcione coordinado desde el arranque, aunque eso conspire con las necesidades de un equipo urgido de goles y de resultados.

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