
El parquet es una superficie que no miente. No registra las biografías, no archiva los recuerdos, no concede indulgencias por los calendarios cumplidos. El cuerpo, en cambio, sí. Cada temporada deja marcas, cada salto acumula historias invisibles. Santiago González lo sabe y lo acepta. A los 42 años, con una carrera que lo llevó por distintos puntos del país y del exterior, eligió volver a ponerse la camiseta de Tokio para una nueva Liga Federal, en un club que ya siente como hogar.
La última temporada fue un quiebre. Lesiones, infiltraciones, un dolor persistente y un problema de salud inesperado que obligó a frenar. La recuperación fue un proceso silencioso, lejos del ruido del tablero y del aplauso, con trabajo físico, kinesio y paciencia. Cuando el cuerpo respondió, apareció la decisión. Seguir. No por nostalgia, sino por convicción.
González no es sólo jugador. Es psicólogo deportivo, trabaja con equipos profesionales y desde hace años transita entre el vestuario y el consultorio con una mirada integral del deporte. En Posadas encontró familia, pertenencia y un espacio donde el básquet y la vida cotidiana se entrelazan. Desde allí piensa el juego con una profundidad que excede el rectángulo de madera.
En Charlas con El Territorio, repasa su carrera, la vigencia, el paso del tiempo y la importancia de la mente en el alto rendimiento.
La última temporada fue difícil desde lo físico. ¿Cómo fue el proceso de decidir volver a intentarlo?
Fue un momento de muchos replanteos. Terminé la temporada con muchas dificultades físicas y también personales, con un problema de salud que apareció de golpe y te obliga a frenar, a mirar todo desde otro lugar. Por suerte no era algo que me impidiera jugar, pero sí algo que te cambia la perspectiva. En junio empecé la rehabilitación con objetivos muy concretos, con un proceso progresivo, escuchando mucho al cuerpo. A medida que iba cumpliendo esas metas físicas me fui convenciendo de que podía estar, de que no era una locura seguir. Eso me dio tranquilidad para tomar la decisión.
¿Qué fue lo más duro de estar afuera?
No estar en el día a día. Yo jugué muchos partidos infiltrado, con dolor, y después se me hacía muy difícil sostenerlo. Pero lo más duro fue no entrenar, no compartir el vestuario, no ser parte de la rutina del equipo. Para mí el club es mucho más que el partido del fin de semana. Es un espacio de pertenencia, de vínculos. Por eso hablo de revancha en ese sentido, poder disfrutar el proceso, no padecerlo como me pasó en algunos momentos.
A los 42, ¿cómo se negocia con el cuerpo y con la cabeza?
Es una negociación permanente. Estoy tratando de asimilar que ya no tengo veintipico, que hay cosas que cambian. Sigo siendo competitivo, quiero entrenar al máximo, quiero dar todo, pero aprendí a dosificar. Antes era diez sobre diez todos los días, sin dejar nada, sin medir consecuencias. Hoy trato de quedarme con un poquito en el tanque, de pensar en el largo plazo. Es difícil cambiar una identidad que construiste toda la vida, pero también es parte del aprendizaje y de la madurez.
¿Cómo es el rol de referente dentro del plantel?
Con naturalidad. Si puedo aportar algo en el día a día, lo hago. A veces desde lo deportivo, otras desde lo humano. Me gusta estar, acompañar, hablar con los chicos, compartir experiencias. El club es una comunidad muy grande y eso te interpela. No se trata sólo de jugar, sino de estar presente, de sumar desde el lugar que te toca en cada momento.
¿Qué significa Tokio para vos y tu familia?
Muchísimo. Cuando decidimos radicarnos en Posadas después de la pandemia, el club nos abrió las puertas de una manera muy genuina. Mis hijos hicieron amigos, nosotros hicimos lazos, encontramos una identidad. Para nosotros Tokio es familia. No es algo que se encuentre en todos los lugares donde jugás y eso lo valoro mucho.
¿Cómo convivís con el rol de psicólogo dentro del vestuario?
Cuando entro al club trato de que todo fluya. No me pongo en modo psicólogo, soy jugador. Después aparecen naturalmente herramientas, formas de hablar, miradas. No lo forzás, aparece. Y si alguien necesita hablar, si surge una charla más profunda, estoy. Pero no lo vivo como una dualidad, sino como algo integrado a quién soy.
¿Creés que el básquet argentino le está dando más espacio a la psicología?
Está en un proceso. Cada vez se ve más la figura del psicólogo en los equipos, en las formativas, en el alto rendimiento. Falta camino, pero hay una conciencia mayor. El jugador necesita un espacio de escucha, alguien con quien hablar sin sentirse juzgado. A veces es de básquet, muchas veces es de la vida. No podemos pensar el rendimiento sin pensar a la persona que está detrás de la camiseta.
¿Dónde ves hoy las mayores dificultades mentales de los deportistas?
En lo personal. Familia, escuela, relaciones, presión social. Un chico con problemas familiares o escolares no va a rendir igual, por más talento que tenga. Por eso no me gusta trabajar en compartimentos estancos. Somos personas que juegan al básquet, no máquinas de producir éxito. Si no entendemos eso, estamos fallando como sistema.
La frustración es parte del deporte. ¿Cómo se la trabaja?
La frustración, el enojo, la tristeza son emociones normales. El deporte te expone todo el tiempo a ganar y perder, a estar arriba y abajo. El foco tiene que estar en lo que está en tu control. Después de un mal día, preguntarte qué podés mejorar vos. Y también entender que un buen día no te garantiza nada y un mal día no te define. Es una construcción permanente.
¿Tuviste momentos donde lo mental fue decisivo en tu carrera?
Sí, varios. En 2018 me rompí los ligamentos cruzados en un gran momento deportivo. Fue un golpe muy fuerte. Aparecen negación, tristeza, miedo, incertidumbre. Ahí el trabajo mental fue fundamental para atravesar el proceso. Y la pandemia también fue un punto de inflexión, porque nos obligó a frenar y pensar, y nos ayudó a decidir dónde queríamos establecernos como familia.
¿Cuándo decidiste estudiar psicología?
En 2005. En ese momento no lo viví como un plan B, sino como algo que me interesaba de verdad. Era A y B al mismo tiempo. Las dos cosas podían convivir. Me llevó tiempo darme cuenta de que eran mis dos pasiones, que el básquet y la psicología se retroalimentaban. Hoy, a los 42, celebro haber tomado esa decisión.
¿Qué les decís a los jóvenes que sueñan con el alto rendimiento?
Que se formen, que aprovechen el tiempo, que no pongan todo en un solo lugar. El deporte es hermoso, pero también es incierto. Hay que construir otras herramientas, otras identidades. Y que disfruten el camino, porque el resultado es importante, pero no puede ser lo único que le dé sentido a todo.
Si mirás para atrás, ¿qué te deja el básquet?
Muchísimo. Elegí un deporte de equipo y eso te marca para siempre. Compartir derrotas, alegrías, viajes, vestuarios, silencios. Luchar por objetivos comunes. Eso es lo más enriquecedor que me dio el básquet, más allá de los resultados.
El básquet te llevó por muchas ciudades. ¿Cómo te transformó ese recorrido como persona?
Te transforma mucho. El básquet te obliga a moverte, a adaptarte, a construir vínculos en lugares donde no conocés a nadie. Desde Santa Fe hasta Salta, Junín, Corrientes, Posadas, incluso Colombia, cada lugar te deja algo. Aprendés a convivir, a respetar culturas, a entender distintas formas de vivir el deporte. También te obliga a madurar rápido, a tomar decisiones, a sostenerte emocionalmente lejos de tu entorno. Hoy miro para atrás y siento que esa itinerancia me formó tanto como cualquier título o experiencia académica.
¿Cómo influyó la familia en sostener una carrera tan larga?
Es imposible sostenerlo sin familia. Hubo momentos muy buenos y otros muy duros, lesiones, frustraciones, incertidumbre laboral. Mi esposa y mis hijos fueron un sostén permanente. Cuando apareció el problema de salud el año pasado, eso se hizo mucho más evidente. El deporte te da mucho, pero también te quita tiempo, energía, presencia. Tener una familia que entienda y acompañe eso es fundamental para poder seguir.
¿Qué ves en los jóvenes deportistas hoy?
Veo mucho talento y también mucha presión. Las redes sociales, la exposición, la comparación constante generan una ansiedad que antes no existía con esta intensidad. Por eso insisto tanto en que los clubes trabajen la parte emocional desde edades tempranas. No para formar campeones, sino personas con herramientas para frustrarse, para equivocarse, para tolerar la incertidumbre. Si eso está trabajado, después el rendimiento llega como consecuencia.
¿Creés que el deporte argentino está preparado para ese enfoque integral?
Está en camino, pero falta mucho. Todavía seguimos midiendo todo en resultados inmediatos. Hay clubes que están dando pasos importantes, incorporando psicólogos, nutricionistas, equipos interdisciplinarios. Pero también hay realidades muy distintas según los recursos. El desafío es entender que invertir en salud mental no es un lujo, es una necesidad. No sólo para ganar, sino para cuidar a las personas.
¿Cómo es tu trabajo con los chicos de las formativas en Tokio?
Es una de las experiencias más lindas que tengo hoy. Trabajamos con un equipo interdisciplinario, acercando conceptos de Psicología, nutrición, hábitos saludables. No para que sean profesionales, sino para que incorporen herramientas. La respuesta fue muy buena, con entusiasmo y mucha participación. Me gusta pensar que, aunque no todos lleguen al alto rendimiento, se llevan valores, conceptos y aprendizajes que les van a servir para toda la vida.
¿Qué significa “profesionalizar” un club?
No es sólo tener un equipo en una liga nacional. Es pensar en formación, en estructura, en acompañamiento integral. Es darle al chico un espacio donde no sólo aprende a jugar al básquet, sino a cuidarse, a relacionarse, a manejar emociones. Cuando un club apuesta a eso, está formando personas, no sólo jugadores. Y eso, para mí, es lo más valioso.
¿Te imaginás cuándo va a ser el final de esta etapa como jugador?
No tengo una fecha marcada. Hoy trato de no pensar tanto en eso y concentrarme en el presente. Mientras el cuerpo responda, mientras tenga ganas de entrenar y de compartir el vestuario, voy a seguir. Cuando sienta que ya no disfruto el proceso, que ya no suma, ahí será el momento de cerrar esa etapa con tranquilidad y agradecimiento.
¿Cómo resumís esta etapa de tu vida?
Disfrutar el proceso. Esa es la palabra. La revancha no está en el tablero, está en cada entrenamiento, en cada charla, en cada día en el club. Seguir jugando, para mí, es también una forma de seguir pensando y aprendiendo.
Perfil
Santiago González
Jugador de básquet y psicólogo.
Pivote de Tokio, atraviesa su sexta temporada consecutiva con el club oriental en la Liga Federal. Nacido en Santa Fe, desarrolló una extensa carrera en clubes del país y del exterior, combinando desde joven el deporte de alto rendimiento con la formación académica.
Especialista en psicología del deporte, trabaja con equipos profesionales y en divisiones formativas, donde impulsa proyectos interdisciplinarios vinculados al desarrollo integral del deportista, la educación emocional y los hábitos saludables. En Tokio participa de programas de acompañamiento psicológico y formativo para jóvenes, con foco en la construcción de valores y herramientas para la vida.
Fuente: El Territorio.


