No fue Miguel Ángel Russo (quien se cuidó de no hablar públicamente de las razones por las que no lo tendría en cuenta en su equipo), sino el propio Marcos Rojo el que contó que el DT le había dicho que ya estaba viejo para el nivel de exigencia que implicaba Boca.
Después, también Rojo contó que, cuando Gustavo Costas lo acogió en Racing, le dijo que necesitaba un defensor con más rudeza y malicia (utilizó otras palabras, muy de lenguaje callejero) que los que tenía.
La expulsión por pegar un golpe sin pelota, y dejar a su equipo con uno menos en la búsqueda del empate con River, puede ser un punto de inflexión, máxime cuando justamente estaban perdiendo ese partido por una falla técnica gravísima de él, que le dejó regalada la pelota a Colidio para ir al mano a mano con el arquero.
En la Acadé habían sufrido otra expulsión, cuando Rojo ya estaba en el banco de suplentes, frente a Peñarol, en la misma Copa Libertadores en que una de sus brutales disputas lesionó seriamente ¡a su propio compañero Santiago Sosa!, al que tuvieron que operar de una fractura facial después de que se vio obligado a jugar disminuido la segunda semi con Flamengo. Racing quedó afuera.
Esta seguidilla completa la impresión que venía dejando en Boca mismo, con sus recurrentes expulsiones, una de ellas en la semi con Palmeiras, que lo dejó afuera de la finalísima con Botafogo.
Hay que hablar con respeto de un jugador de enorme trayectoria, que fue a dos mundiales (todos gritamos sus goles a Nigeria) con la Selección, fue campeón de América con Estudiantes, logró tres títulos en Boca y cuatro en más de 100 partidos en el Manchester United.
Pero que ya debe repensar seriamente (él, y Racing también) cuánto ayuda y cuánto perjudica a los clubes que siguen apostando por él, y si no tenía razón Russo.



