Mil novecientos noventa y cuatro. Charly García lanza un discazo lleno de hits: La Hija de la Lágrima. El track #5, líricamente adaptable al momento de Maximiliano Salas en River. “A donde voy no llego… / A donde estoy resbalo… / No es porque sea bueno… / Tampoco soy tan malo… / Pero yo se que, la sal no sala…”.
Y no. La sal del gol no Salas. Ni sale en 2026 como de repente sí ocurrió en algunos pasajes de 2025. Ni tampoco fluye. Ningún rasgo de aquellos fugaces que entusiasmaron a los hinchas de River luego de la inversión (de y con novela) de € 8.000.000 netos -y de su debut con gol frente a Platense en el Monumental- están apareciendo en estas calurosas horas de febrero.
El Gordo parece haber involucionado a una versión previa incluso a la de su paso por Racing, club que dejó entre dardos cruzados con Diego Milito y que incluyó una especie de ruptura de relaciones diplomáticas entre Núñez y Avellaneda.
Del Salas que parecía un ariete de guerra, capaz de imponerse por su vigor y su sacrificio, todo merced de su capacidad física, parece haber retrocedido los mismos casilleros que el resto de sus compañeros en el crónico Juego de la Oca futbolístico de este River.
Luego de dar un par de pasos hacia adelante promediando el semestre anterior (el gol a Palmeiras en el Allianz Parque, el que le marcó a Racing para eliminarlo de la Copa Argentina), el Gordo entró en resonancia con la crisis. Nunca más se recuperó.
Prisionero de la misma crisis que atraviesa el resto de sus compañeros de puesto, la contraprestación de Salas en lo que va del 2026 ha sido tan baja que incluso lo llevó a perder el puesto.
Fueronapenas 224 minutos en cancha divididos en seis partidos, sin goles ni asistencias en apenas dos titularidades (arrancó el torneo desde el banco; jugó ante Tigre por la baja de Sebastián Driussi y repitió ante Ciudad de Bolívar).
¿Cómo respondió cuando le tocó participar? Apenas se le registraron dos tiros al arco en ese intervalo, menos de uno por encuentro. Ninguno de ellos, por caso, ante un equipo como el rival del miércoles que, aun aguerrido y tácticamente obediente está transitando sus primeras horas oficiales en la Primera Nacional.
En Villa Mercedes, Salas giró lento y tarde, no estuvo preciso cuando debió rebotar la pelota y no pesó en el mano a mano aun cuando logró sacarse adversarios de encima. Con un aliciente que pesa en su contra: a diferencia de otras oportunidades, Marcelo Gallardo lo hizo jugar con un 9 -como en su mejor época en Racing- y no como referencia, pero el Gordo no lo aprovechó.
El ajuste táctico no fue suficiente como para que el switch quedara en modo (Salas) on. A punto tal que los modernos y elocuentes mapas de calor revelaron que pisó poquito el área y que su zona de influencia estuvo limitada por la última línea de Bolívar -lo que apenas se modificó con el ingreso de Joaquín Freitas y de un Facundo Colidio un tanto más vertical.
El alto precio
El costo de aquella inversión superlativa comienza a pesar sobre un delantero que no ofrece una contraprestación proporcional. Y con ello deberá convivir y lidiar hasta que se destape.
Si para el resto de sus compañeros es dificultoso atravesar esta complejidad en el último tercio (hasta Gallardo lo reconoció luego del 1-0), tanto él como Sebastián Driussi (u$s 10 millones) también cargan con el peso de la cotización a cuestas. Algo que ocurrió con Lucas Pratto, aunque en el caso del Oso con una respuesta satisfactoria en la red y en el palmarés que acabó amortizando la compra.
El desafío del Gordo será precisamente recomponerse, reencontrarse, volver a responder acorde a esa esencia que llevó a Gallardo a insistir por él para reforzar al plantel (y al club a poner en riesgo la buena convivencia con Racing).
Que se parezca más a ese punta al que comparaban por características al mejor Rodrigo Mora, que tenía la capacidad atlética para atosigar a los defensores como lo hacían los 9 no prototípicos del estilo G ( Julián Álvarez, Rafa Borré, Lucas Beltrán), que incomodaba por su propia presencia.
Sólo alineándose con su propia esencia, Salas podrá parecerse a lo que River fue a buscar el año pasado. Y así salar un ataque que no tiene sabor, que necesita mayor presencia de sus intérpretes para estar dulce otra vez.




